Los Afturgöngur

Los fantasmas de aquellos que se niegan a partir porque amaron u odiaron algo demasiado en esta vida son conocidos como afturgöngur. Su nombre se deriva de los vocablos del nórdico antiguo aptr o aftur ("otra vez") y ganga ("caminar"), por lo que puede traducirse como "el que camina nuevamente".

Una de las más interesantes leyendas sobre un afturgöngur es la del Diácono de Myrká.

Hace mucho tiempo, un diácono vivía en Myrká ("río oscuro"), en el distrito de Eyjaförður. Estaba enamorado de una joven llamada Guðrún, que vivía en Bægisá, en una granja al otro lado del valle, separada de su casa por el río Hörgá. El diácono tenía un caballo de crin gris, que siempre solía montar, al que llamaba Faxi.

Poco antes de Navidad, el diácono cabalgó hasta la granja donde vivía su prometida y la invitó a que le acompañara a las festividades navideñas en Myrká, prometiéndole ir a buscarla en Nochebuena. Antes de salir de casa había nevado intensamente, pero ese mismo día el deshielo se produjo tan rápido que el río se volvió intransitable durante el breve tiempo que el diácono pasó con su prometida; las aguas crecieron y enormes masas de hielo a la deriva eran arrastradas río abajo.

Cuando el diácono abandonó la granja, continuó cabalgando hacia el río y, sumido en sus pensamientos, al principio no percibió el cambio que se había producido. En cuanto vio el estado del río, remontó la orilla hasta llegar a un puente de hielo, donde espoleó a su caballo. Pero cuando llegó a la mitad del puente, éste se rompió debajo de él y se ahogó en la inundación.

Al día siguiente, un granjero vecino vio el caballo del diácono pastando en un campo. Sin embargo, no pudo encontrar a su dueño, a quien había visto el día anterior cruzando el río, pero no había regresado. Sospechó de inmediato lo ocurrido y, bajando al río, encontró el cadáver del diácono, arrastrado hasta la orilla, con toda la carne desprendida de la nuca, dejando visible el cráneo blanco y desnudo. Así pues, llevó el cuerpo de vuelta a Myrká, donde fue enterrado una semana antes de Navidad.

Hasta la víspera de Navidad, el río continuó tan crecido que no hubo comunicación entre los habitantes de las orillas opuestas, pero esa mañana bajó el caudal, y Guðrún, completamente ignorante de la muerte del diácono, esperaba con alegría las festividades a las que la había invitado.

Por la tarde, Guðrún empezó a vestirse con sus mejores galas, pero antes de terminar oyó que llamaban a la puerta de la granja. Una de las sirvientas abrió la puerta, pero al no ver a nadie, pensó que era porque la noche no era lo suficientemente clara, pues la luna estaba oculta por las nubes. "Espere ahí que traiga una luz", dijo, entrando de nuevo a la casa; pero apenas había cerrado la puerta exterior tras ella cuando volvieron a llamar y Guðrún salió precipitadamente para abrir.

Como ya había terminado de vestirse, se puso solo una manga de su capa de invierno y se echó el resto sobre los hombros apresuradamente. Al abrir la puerta, vio al conocido Faxi de pie afuera y junto a él a un hombre que reconoció como el diácono. Sin decir palabra, montó a Guðrún en el caballo  y se marcharon.

Cuando llegaron al río, estaba completamente congelado, excepto la corriente central, donde la escarcha aún no se había endurecido. El caballo caminó sobre el hielo y saltó sobre la corriente negra y rápida que fluía en el centro. En ese preciso instante, la cabeza del diácono se inclinó hacia adelante, de modo que su sombrero le cayó sobre los ojos, y Guðrún vio la gran mancha de cráneo desnudo brillando blanca entre sus cabellos. Inmediatamente después, una nube se movió frente a la luna, y el diácono dijo:

"La luna se desliza, la Muerte cabalga,

¿No ves el parche blanco

en mi nuca,

Garún, Garún?"

No se habló más hasta que llegaron a Myrká, donde desmontaron. Entonces el hombre dijo:

"Espérame aquí, Garún, Garún,

mientras llevo a Faxi, Faxi,

¡fuera de los setos, setos!"

Cuando se fue, Guðrún vio cerca de ella, en el cementerio donde se encontraba, una tumba abierta; medio muerta de horror, corrió al pórtico de la iglesia y, agarrando la cuerda, tocó las campanas con todas sus fuerzas. Pero al empezar a tocarlas, sintió que alguien la agarraba con tanta fuerza de la capa que se la arrancó, dejándole solo la manga en la que había metido el brazo antes de partir de casa. Entonces, al darse la vuelta, vio al diácono saltar de cabeza a la tumba abierta, con la capa hecha jirones en la mano, los montones de tierra a ambos lados cayendo sobre él y la tumba cerrándose hasta el borde.

Guðrún supo entonces que era el fantasma del diácono con quien había tenido que lidiar y continuó tocando las campanas hasta despertar a todos los sirvientes de la granja en Myrká.

Esa misma noche, después de que Guðrún se fuera a la cama, el diácono salió de su tumba e intentó llevársela con él. Nadie en Myrká pudo dormir por el ruido de la lucha.

Esto se repitió todas las noches durante quince días. Guðrún no podía quedarse sola ni un instante y tampoco se atrevía a volvar a su casa por temor a que el diácono regresara para llevársela. De vez en cuando un sacerdote venía y se sentaba al borde de su cama, leyendo los Salmos de David para protegerla de la persecución fantasmal.

Pero nada sirvió hasta que mandaron a buscar a un hombre del norte, experto en brujería, quien desenterró una gran piedra del campo y la colocó en medio de la habitación de invitados. Cuando el diácono se levantó esa noche de su tumba y entró en la casa para atormentar a Guðrún, este hombre lo agarró y, profiriendo poderosos hechizos sobre él, lo obligó a meterse debajo de la piedra y exorcizó al apasionado fantasma, de modo que allí yace en paz hasta el día de hoy.


Un detalle que no podemos dejar pasar por alto es que el nombre Guðrún se compone de los vocablos Guð ("Dios") y rún ("runa"). De acuerdo al folklore islandés, los fantasmas no pueden pronunciar el nombre de Dios y por ello en este relato el diácono se dirige a ella llamándola Garún.

Comentarios

Entradas populares de este blog

El Castigo de Loki

El Pozo de Mimir

Los Nisser