El Cuento de Búkolla

 

Este bonito cuento perteneciente al folklore islandés fue recopilado por Jón Árnason en 1862 en sus Íslenzkar Þjóðsögur og Æfintýri ("Cuentos y Leyendas Islandeses"). Espero que lo disfruten tanto como yo.

Hace mucho tiempo, una pareja de campesinos tenía un hijo al que no apreciaban mucho. En su granja tenían también una vaca a la que habían dado el nombre de Búkolla. La vaca estaba a punto de parir, así que la mujer la atendió lo mejor que pudo. Afortunadamente, Búkolla dio a luz un ternero saludable. Aliviada, la mujer dejó solos a la vaca y su ternero en el establo. Cuando volvió para verificar que todo anduviera bien, encontró que Búkolla ya no estaba. Sorprendida por la desaparición, llamó desesperadamente a su esposo y juntos empezaron a recorrer el campo en busca del animal. Sin embargo, nada pudo hacerse para encontrarla. 

Entonces tomaron la decisión de enviar a su hijo a buscarla. Le dieron un par de zapatos nuevos, comida para el camino y le dijeron que no regresara a menos que lo hiciera con Búkolla. Desesperado, el muchacho inició su viaje sin saber con certeza a dónde dirigirse. Después de muchas horas caminando, se detuvo para comer algo y mientras lo hacía dijo: "Oh, Búkolla, por favor dime dónde estás". Para su enorme sorpresa, la vaca le respondió con un mugido lejano. Esto le llenó de esperanza y se levantó a toda prisa para seguir el llamado de la vaca. Caminó por muchos kilómetros más y cuando se detuvo nuevamente para comer volvió a llamarla: "Oh, Búkolla, por favor dime dónde estás". Nuevamente escuchó a la vaca mugir, esta vez mucho más cerca. 

Siguiendo el llamado, llegó a una imponente formación de rocas y empezó a escalarlo. Por tercera vez llamó a Búkolla y en esta ocasión el mugido le ayudó a ubicarla atada dentro de una cueva. Lleno de alegría, la desató y emprendieron juntos el regreso a casa. Pero su alegría duró poco, al constatar que, en la lejanía, una monstruosa giganta acompañada de otra más pequeña les seguían. El muchacho se dio cuenta que las gigantas pronto les alcanzarían y, asustado, dijo: "Oh, Búkolla, y ahora qué haremos?" La vaca respondió: "Arranca un pelo de mi cola y déjalo caer sobre el suelo". Estupefacto, el joven hizo lo que la vaca le había dicho y ésta, dirigiéndose al pelo, dijo: "Te ordeno que te conviertas en un río tan ancho que solo lo pueda cruzar el vuelo de un pájaro". El muchacho no podía dar crédito a sus ojos, cuando vio al pelo transformarse en el río más ancho y caudaloso que hubiera visto en su vida.

La giganta más grande llegó a la orilla del río y, enfurecida, le gritó a la más pequeña: "Vuelve a casa y trae el toro más grande del establo de mi padre". La giganta más pequeña corrió de regreso a casa y al poco tiempo regresó con un enorme toro. Entonces la giganta ordenó al toro beber toda el agua del río para poder cruzarlo. Cuando el río estaba ya casi seco, el joven volvió a preguntar a su vaca: "Oh, Búkolla, y ahora qué haremos?". Ella respondió de nuevo: "Arranca un pelo de mi cola y déjalo caer sobre el suelo". Entonces le dijo al pelo: "Te ordeno que te conviertas en un fuego tan grande y salvaje que solo lo pueda sortear el vuelo de un pájaro". De inmediato, apareció un fuego que cubrió kilómetros a la redonda, permitiendo que al muchacho y su vaca poner distancia entre ellos y las gigantas.

Entonces la giganta de mayor tamaño ordenó al toro orinar sobre el fuego, devolviendo toda el agua del río, hasta apagarlo. Corriendo por su vida, el joven preguntó una vez más: "Oh, Búkolla, y ahora qué haremos?" La vaca, con tranquilidad, respondió por tercera vez: "Arranca un pelo de mi cola y déjalo caer sobre el suelo". El muchacho hizo lo que se le pedía y Búkolla se dirigió al pelo diciendo: "Te ordeno que te conviertas en una montaña tan alta que su cima solo la pueda alcanzar el vuelo de un pájaro". En un instante, Búkolla y el muchacho ya estaban en la cima de la montaña más alta e imponente que jamás hubieran visto. 

Pero la giganta no estaba dispuesta a rendirse y gritó a su acompañante: "Vuelve a casa y trae el mejor taladro del taller de mi padre". Al poco tiempo, la giganta más pequeña estaba de vuelta con un formidable taladro, con el que la giganta más grande empezó a perforar la montaña. Sin embargo, impaciente por alcanzar al muchacho y su vaca se metió en el agujero cuando éste aún era muy estrecho y se quedó atorada. Con el tiempo y sin poder escapar del agujero, la giganta se convirtió en piedra.

Búkolla y su joven dueño pudieron así escapar y volver a casa, donde la fiel vaca pudo reunirse nuevamente con su ternero.

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